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  • Foto del escritorSebastian Gil T.

3. Montañas, arte y lágrimas

Actualizado: 1 oct 2022


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La adolescencia llegó rápido, aún mi madre le seguía sacando el IVA a las actividades extracurriculares, ya había pasado por basquetbol, voleibol, patinaje, arte, guitarra y hockey, pero yo seguía con el futbol, allí estaban mis amigos. El BMX me desencantó muy rápido, se volvió popular, mucho niños nuevos llegaron y como tenía “rosca” con Jorge, me molestaban más. Lo acepto, sucumbí ante la presión. A los 10 años ya acumulaba varios fracasos y falta de credibilidad de otros hacia mí, el deporte era mi nueva arma para levantarme. Llegaría entonces a la ciudad (Medellín) una nueva moda y con ella muchos de los almacenes que hoy aún existen de bicicletas. Esta moda era el ciclo montañismo. Por cosas de la vida, un día con mis padres llegué a un almacén donde vendían una marca que me enamoró, MOSCA. De inmediato me enamoré del modelo M2, pero llegaría otra lección de vida que me traía el deporte, y mis padres. No solo era comprarla y andar, de doce años debía ahorrar una parte y hacer ciertos compromisos para obtenerla. Así que empece a ahorrar lo que me daban los tíos, buenas notas en el colegio, tratar bien a la mamá y la hermana y así pasarían varios meses sacándole el IVA y todos los impuestos a una ARBAR morada que tenia mi hermana.


Finalmente llego el día de comprarla y allí en el almacén había un equipo de ciclo montañismo al que de inmediato me enlisté. CANGUROS, era el equipo del almacén, el entrenador una leyenda local (QEPD) RENO. Los entrenamientos serían en el pueblito paisa que aún es el templo para los aficionados de esta modalidad en la ciudad y también, haríamos repeticiones en todas las lomas de El Poblado. Estuve cinco años compitiendo en carreras locales, aprendí el valor de trabajar en equipo, de la amistad, la lealtad y el respeto por los mayores. Ver a los compañeros de categorías superiores era como ver a un super héroe. Lástima que el deporte no los cautivó lo suficiente, sé que en la vida existen muchas variables pero si algo he aprendido en el deporte es el amor propio, verse bien, sentirse bien, aceptarse, querer el cuerpo y trabajar la mente, día a día. Me duele ver a quienes no siguieron, porque eran a quienes admiraba y me desilusioné. Me llena de satisfacción saber que ha sido un camino duro pero lleno de cambios positivos.


En una de estas carreras, no recuerdo bien en que municipio, viví uno de los momentos más reveladores en el deporte, donde me prometí hacer esto hasta que el cuerpo aguante. Bajaba por un camino a toda velocidad, al borde de un río, hacia un lado tenía una pared de arcilla y al otro arbustos llenos de espinas. Perseguía la tercera posición, ya lo podía ver, me aceleré, la ansiedad tomo el control para hacerme perderlo. Era inminente mi caída hacia los arbustos, sentí como mis piernas imberbes se laceraban, algo parecido a Jesús y su corona de espinas. Salí de allí rápidamente con las piernas llenas de sangre, seguía una subida larga pero rápida y allí sucedió. Mi padre esperaba el paso por la cima, al aproximarme veía que sollozaba, había llanto en su rostro. Aclaro que lo he visto llorar máximo tres veces en sus 80 años. No comprendí bien que pasaba, terminaría tercero alcanzando la posición en la última subida a escasos 500 metros de la meta. Primer podio, pero eso no me causo impacto. Le preguntaría a mi madre ingenuamente - ¿porque mi padre esta llorando? - ella me respondió, “estaba emocionado contigo, de verte ahí”.



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Lo entendí todo, años después y aún recordándolo lagrimeo un poco. Por medio del deporte puedo transmitir emociones a otros, puedo comunicar un mensaje, mostrarme autentico, expresar mi filosofía de vida, el deporte allí se hizo arte, el arte de comunicar por medio de una pasión. Las lagrimas de mi padre me han revelado más enseñanzas de vida a lo largó de estos años que cualquier falso profeta espiritual, trovador, culebrero o encantador de unicornios.





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