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  • Foto del escritorSebastian Gil T.

2. Del BMX a la felicidad solo hay un salto

Actualizado: 1 oct 2022

No es sorpresa que mi primer acercamiento sería con el deporte fue la bicicleta, la primera bicicleta que tuve fue una ARBAR roja con sus rueditas traseras. Rápidamente con ayuda de mi padre aprendí a montar y entonces quitamos las rueditas. Siempre fui muy inquieto, al día llamaban varias veces de la portería para que me regañaran. Fui también la pesadilla de porteros y vecinos, pero nada que hacer, lo disfruto y todo ha hecho parte de mi vida, de la cual me siento muy orgulloso. Por aquellos días, el ciclismo era popular pero aún no se marcaba una tendencia clara en alguna modalidad por la falta de medios que cubrieran estos eventos deportivos. La modalidad que cautivó mi interés fue el BMX, llamada localmente bicicross. Era obvio el porque me atrajo, la velocidad, los saltos y muchos niños allí para hacer amigos. Así que mi padre me llevo a la pista de Belén (Medellín) para lo que sería mi inicio en el mundo deportivo. A la vez, mi madre me obligaba a escoger una actividad extracurricular en el colegio ya que estaba incluida en la matricula y había que sacarle el IVA. Hice lo que era de esperarse al tomar una desición bajo presión, no escogí lo que me gustaba si no donde estaban mis amigos ya que el BMX era lo que me apasionaba, me decidi por el futbol.


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Jorge Wilson Jaramillo | FOTO Manuel Saldarriaga

Para la época, corría el año 1997, mi entrenador se convertiría en una leyenda, en un mito viviente, con el cual aún tengo el placer de hablar. Cada vez que nos vemos hay abrazos y lágrimas. No se volvería famoso por mi pero si por el BMX, su nombre Jorge Wilson Jaramillo, aquel entrenador que le dio las primeras medallas de oro a Mariana Pajon, y a Oquendo, en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Yo no llegue a los olímpicos, la fama tampoco ha tocado mi puerta, es más, creo que me escondo de ella. En fin, con Jorge, aprendí que para lograr algo había que repetirlo mil veces y luego un millón y luego seguir. Cada salto debía ser perfecto, más rápido, más alto, aterrizar bien, gritaba él cada vez que pasábamos por un salto doble o una meseta practicando hasta el agotamiento. De Jorge, aprendí a confiar, siempre hay alguien que sabe más y te puede ayudar hacer bien las cosas. Cuando nos caemos siempre hay alguien que te levanta, los errores pequeños causan grandes consecuencias, los detalles son lo más importante, y claro, el entrenamiento hace al maestro. A Jorge le debo seguir aquí, sumergido en el deporte, fue él quien luego me haría apasionarme con el trote.


Soy de la generación que lo hizo todo y lo soportó todo. En el BMX a mis escasos 8-10 años ya me molestaban, por flaco, por el pelo, por estar en la rosca, porque si o porque no. Ahí ya sabía que el deporte no sería nada fácil y que más allá de lo físico sería un camino para probar mi temperamento y crear un nivel de resiliencia de proporciones bíblicas. De ese entonces a ahora las cosas han cambiado un poco. Hoy en día los adultos no se molestan pero sufren de una presión silenciosa que se llama COMPARACIÓN. Este es el gran cáncer de la adultez, el gran freno de la felicidad el monstruo psicológico que no te da paz. Se comparan en lo material, en lo emocional, económico, familiar, solo hay que aceptarse y luchar incesablemente por lo que nos apasiona. Quienes se comparan pierden toda virtud de liderazgo, entregan sus sueños por el de otros, sus metas y sus objetivos no son propios, viven prisioneros de la inconformidad. Las personas a quienes les he escuchado en mi vida “es que todos son felices menos yo” les doy dos concejos, uno, buscar ayuda profesional y creo que eso se los dije en persona, y el segundo es, muchas gracias por reafirmarme en que comparase es un cáncer.


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